Música

domingo, 29 de enero de 2017

Te extraño




Tiemblan mis piernas, letargo. Aqui estoy sacudiendo el alma para encender la esperanza que se esconde profunda en mi tórax. Verte pronto ¿Quién sabe? La agonía en tanto se hace voraz, en silencio lloro en la oscuridad. ¿Vendrás? Rechinan mis dientes con nerviosismo, afuera el viento ulula tétrico, como la pena escondida en un diario de vida muerto. Te extraño. Ese sentimiento capaz de intoxicar mi cabeza y darme lágrimas las más noches. Tácito hermoso dame el privilegio de soñar contigo esta noche, pues mi corazón sufre cuando no te tengo. Soy un alma en pena, un lamento, un poema roto, una canción sin letra, un libro sin tapa, un verso mal hecho, se me va el aliento, cierro mis ojos, no estás, los abro y tampoco te veo. 

                                      Y siendo las diez y media, no has llamado a mi puerta. 

martes, 24 de enero de 2017

Un matrimonio sin igual



              




  Me acosté en la bañera, sumergiendo mis lamentos y mi completa pérdida de paciencia en un agua cálida, relajante, serena. Encendí un cigarrillo, y exhalé algo más que nicotina, acetona y alquitrán. Pensé, ¿Qué he de hacer? ¿Cómo sobrellevarlo? ¿Acaso es normal lo que sucede? Sus palabras retumbaban irritantes en mis pensamientos, él no te merece, no eres digna de un hombre así, es mío y no tuyo, eres una cualquiera, vienes de una familia sin valores, esa perra malparida, palabras que pueden perfectamente salir de la boca de una mujer despechada, engañada, una cornuda sin más, palabras dirigidas hacia la mujer que te robó el novio, ¿no? Pero, lo curioso es que son las palabras de la madre de quien se casará contigo en tres semanas. ¡Sí, su mamá! Casi de película gore, la suegra que te odia, que te humilla, la que te juzga sin conocerte, es Yocasta la maldita.
Sonreí maquiavélicamente, imaginándome su rostro desfigurado odiando cada parte de mí, a tal punto de que en más de una ocasión me doblé el pie al caminar por la acera y más de algún susto cercano a la muerte experimente, un casi atropello, un casi asalto. Es claro, la vieja me odia y me desea el mal cada vez que puede, por fortuna, la distancia me favorece, pues vive a 400 kilómetros de mí. Me paré de la bañera, encendí otro cigarro y cogí un botellín de cerveza que devoré mientras asomaba mi cuerpo desnudo por el balcón del departamento. Mi novio, dormía en la cama como si estuviera bajo el efecto de somníferos, y yo recibía el viento en mi cuerpo recién bañado.  Me esperaba el escándalo del siglo, de esas típicas bodas de películas donde salta la vieja y dice YO ME OPONGO, Dios, sería de risa. Pero, no podré deleitarme con tal actuación pues, doña no asistirá. Me imagino que eso ha de ser triste para él, pero ella decidió no asistir y darle vuelta la espalda en el día más importante de su vida.
                Sonaban las campanas de boda, era hora de entrar a la iglesia, estaba la puerta abierta, podía visualizar las personas de pie junto al pasillo principal y a mi chico en el fondo, parado con su cara sonriente y traje negro azabache, al borde del desmayo. Mi padre me ofreció su brazo, cuando de pronto una voz rasposa, acampada y con acento conocido llamó mi nombre, me volteé, era ella. Doña apareció y en un último intento desesperado de recuperar a su hijo, me ofreció un cheque por 50 millones de pesos por irme y darle plantón en el altar. ¡Wow! Sí que estaba desesperada. Cogí el cheque y lo partí en dos, lo lancé al aire, y di media vuelta. Y fue ahí donde sólo escuché el sonido del gatillo y una bomba explotando atrás de mí, observé mi abdomen, ensangrentado, y mi padre sujetándome entre sus brazos. Lo último que vi fue a Paulo, corriendo por el pasillo, me morí.
                Aquí estoy parada enfrente de ellos, no pueden verme ni oírme, Paulo llora, mamá y papá también, la gente rodea mi cuerpo, y la policía capturó a la vieja que se dio a la fuga. Fue una boda inolvidable, no como la que imaginé, pero puedo decir, que nunca se borrará de mis recuerdos.

Cuando las cosas van mal con tu suegra, hasta lo impensado puede hacer para vengarse de ti

sábado, 28 de mayo de 2016

Amargura del hogar





Era tiempo de volver a casa, se había hecho de noche y la espalda dolía por el peso tremendo de la mochila que se clava perversa en mi. El retorno es largo, aburrido, y peligroso. Mientras retumbaba el motor en mis oídos y pegaba rebotes al final del bus, me imaginaba una taza de té humeante y un bocadillo de jamón calentado en el microondas.
Crucé el umbral de mi casa, no había nadie en pie. Vi que la mesa estaba a medio poner y que no había nada para comer, ni cerca a lo que soñé en el bus. Sólo platos vacíos, sucios, vasos usados, una real mierda. Mi enojo es igual cada vez que me olvidan, cada vez que no me guardan algo para comer, cada vez que me menosprecian, mi enojo es el mismo que se desencadena por la desatención, por la despreocupación de quiénes se denominan familia. Una mierda. Subí a mi habitación, allí estaban ellos, quienes me dieron la vida para mi infortunio, sonrientes, por supuesto que no de verme, solo sonríen en su mundo nefasto. Entré a mi habitación, las cosas no eran como las había dejado, alguien profanó mi alcoba, mi ira estalló. Comencé a gritar, a dar vueltas, a putear a quién se cruzara por mi camino, una vez más había entrado un ladrón a mi cuarto. Esta vez no me robó dinero, como en otras ocasiones, esta vez se robó una caja de galletas que tenía para vender. Nadie se apiadó de mí, sólo me culparon por dejar la caja en mi habitación, sabiendo que el ladrón se quedaría en casa. Desde ese momento sentencié, que en mi hogar, o mejor dicho, el lugar donde pernocto a diario, se ha transformado en un país extraño, un mundo peligroso, un lugar detestable. Nunca había detestado en demasía un lugar de esta forma, siento odio, siento sed de venganza, siento dolor, desprecio, desánimo. Es así como se siente la chica de vestido rojo, cada vez que retorna a lo que algún día fue su casa, es así como la vuelta a casa se vuelve amarga, indeseable. A veces ella sueña con desaparecer, ella sueña con irse lejos, sin que nada ni nadie la encuentre jamás.

<< Me cansé>>

jueves, 18 de febrero de 2016

De esos tantos sueños




Despojé mis ropas y caminé desnuda por el pasillo hasta el baño, llené la bañera y me sumergí en ella, con la ilusión de que mis músculos se relajaran. Enjaboné mi cuerpo, jugando con la espuma que se formaba con el champú, soplé una burbuja y comenzó a elevarse como si de pronto se hubiese formado una corriente de aire en medio de mi baño. Flotó, flotó hasta que reventó -plop-. Saqué el tapón, cogí una toalla y sequé mis carnes, suavemente casi con lujuria, pero no. Dicen que no es bueno salir a la terraza luego de tomar un baño caliente, pero lo hice. Encendí un cigarro en medio de la oscuridad, sólo se vio el chispeo del mechero cuando le daba vuelta a la ruedita que me proporciona fuego. Di una bocanada profunda, de pronto recordé que hace un año entero que no probaba un cigarrillo, pero ¿por qué lo había hecho ahora? ¿Acaso lo había olvidado?  Por supuesto que se me fue, pero ¿Qué hacía una cajetilla de cigarrillos en mi mesilla? Algo claramente no cuadraba, ¿sería un sueño? Lancé el cigarro por el balcón, sin siquiera pensar en quién caería segundos después y entré, caminé por los pasillos, los cuadros eran diferentes, desconocidos, de hecho, ni siquiera los recordaba. Por un momento creí haberme vuelto loca, todo parecía absolutamente extraño para mí. En la entrada al departamento, había una fotografía de un muchacho bien guapo, cabellos desordenados, barba larga, bigote bien formado, ojos claros como el agua, usaba una camisa y una corbata bien anudada, sólo era del torso, era un hombre hermoso. Me senté en el salón tratando de orientarme, no me sentía borracha ni tampoco drogada, es más, no había probado la marimba desde hace más de un año, era imposible que estuviera ida ni mucho menos anestesiada. Me recosté en el sofá, y dormité. Un cosquilleo divertido me despertó abruptamente, y es allí donde estaba él. Acariciando mi panza y rozando mis pequeños implementos, me demostraba su amor. Lo observé directamente a los ojos y sonreí, él se conmovió y cerró levemente sus ojos principescos. Me cogió en brazos y me llevó a la cama, todo parecía muy familiar, todo parecía normal. Allí nos besamos con pasión, sentía fuego en mis labios y mi pecho saltaba eufórico. Sus manos recorrían mi cuerpo, de arriba hasta lo más profundo de nuestros corazones. Luego él sobre mí, y yo sobre él, amándonos una y otra vez, hasta terminar exhaustos.  Besó mi frente y me abrazó, y durmió profundamente a mi lado, mientras yo pensaba en qué diantres hacía ahí. Un golpe en la ventana me hizo saltar de golpe, era de día, tenía sueño, era un sueño. Estaba en casa, y claro, Paulo dormía a mi lado, una vez más había olvidado que me había quedado en su casa, y sólo estuve soñando que me había perdido en su misma casa.

Recuerdo todas las veces que despierto en una habitación extraña, y es tu misma habitación amado mío, sólo que lo olvido al dormirme tan plácidamente a tu lado.  

sábado, 2 de enero de 2016

Las aventuras de Dimitria Callygster Parte 3

Al abrir los ojos, vi que Dálastar, hijo de Thorian y Demet se había marchado. El mapa ha sido robado, sólo estaba mi daga, mi dinero también fue hurtado. Maldito gobling, sucio y desleal. Juro por lo más preciado que tengo, mi nombre y mi honra que algún día cercenaré tu cuello con mi daga, sin piedad. Armé un bolso, con todo lo que tenía, una soga, un saco y mi daga. En la posada me obsequiaron una brizna de pan, en las profundidades del centro de la ciudad robaría algo entre la multitud. A las afueras del pueblo, encontré una casa abandonada, estaba blindada y muy bien protegida. Mis ojos, dorados como el sol eran capaces de mirar a través de las paredes, no importaba de qué estuvieran hechas, nada era lo suficientemente fuerte como para no dejarme ver. Era un antiguo taller de armas, una espada al lado de otra muy bien ordenadas, como si alguien las cuidara, ballestas, arcos, dagas, era el paraíso para un viajero como yo. Busqué una entrada, y hallé un hueco por donde cabía perfectamente. Ya dentro cogí un arco y flecha, soy buena con ellas, mi padre me enseñó en la aldea. Una voz desde la oscuridad pronunció mi nombre, Dimitria Callygster, puedes llevártelas como una ofrenda. Quién está ahí, pregunté exaltada, soy Seriany, es todo lo que puedo contarte. Vete rápido, mi amo está por llegar. Gracias Seriany, si en el futuro nos cruzamos, recordaré tu nombre. Corrí lejos de allí y me perdí en el bosque. Caminé horas, sin toparme con algún alma o monstruo voraz, ya se hacía aburrido el viaje. He perdido el mapa, si tan solo mis ojos pudieran reconstruir en mi cabeza los pasos podría seguir el rastro, quizás encontrar a ese bribón y darle final. O mejor encontrar una nueva aventura, y obtener una mejor recompensa. Mi ambición era tal que babeaba. De pronto mi estómago rugió. Encendí una fogata y cociné una pata de carnero que robé del mercado, estaba deliciosa. La comí tan rápido como mis dientes fueron capaces de desgarrar la carne, no quería atraer a los trasgos, ni menos a trolles. La noche acaeció repentina, trepé a un árbol y me colé en un agujero en él, dormí tranquila, nada malo sucedería. Unas pisadas bajo mi árbol me pusieron en alerta, asomé la nariz y vi que una familia de trolles me habían encontrado. Baja de allí pequeña hobbit, tenemos algo para ti. Cogí mis cosas y salté de árbol en árbol tratando de huir, los trolles eran torpes, pero estos eran extraños, corrían rápido, y se veían más fuertes que lo normal, no estaba segura ahora de que fueran trolles, porque además hablaban otro idioma. Pronto pensé, Orcos. Entré en pánico, este pequeño cuerpo no podría hacerle frente a los Orcos, debía encontrar aliados, pero ¿dónde? Traté de camuflarme en la oscuridad, pero mis cabellos platinos me delataban, mis ojos me permitían esquivar obstáculos, y evitar trampas, corría tan rápido como mis pies me permitía. Los Orcos seguían detrás de mí, era desesperante. Llegué al límite del bosque, sólo había un gran salto al vacío, era morir o morir. Decidí lanzarme al vacío, con la esperanza de que hubiese un río esperando bajo mis pies. Salté, dejé la esperanza y los Orcos atrás. Al llegar abajo, me sumergí en cálidas aguas, era el Río Furhin, si llegaba a la orilla tendría una historia que contar, ya que nadie sale vivo de esas aguas turbulentas. De pronto, algo me haló del pelo y me llevó a la orilla, lo miré y mis ojos se nublaron, había muerto. Abrí los ojos, era un lugar extraño, había chimenea, mi ropa estaba secándose cerca de ella, estaba vestida con una túnica blanca y un extraño me miraba desde una silla mecedora. Allí estaba él, un hobbit de ojos brillantes y celestes, los más hermosos que he visto, con una mirada seria, cabello corto y largas barbas, de pies peludos y manos pequeñas, me observaba como su presa, estoy asustada. ¿Quién eres? ¿Dónde estoy? Soy Phaulx, hijo de Elter y Dirhiam, hobbit de la montaña y aventurero los más días. Y ¿tú? Yo soy Dimitria Callygster, hobbit del clan Julut, lejos de aquí, aprendiz de ladrón y caza recompensas. He caído al río, estaba huyendo de los Orcos, y me has salvado la vida, le estoy completamente agradecida. Una leve sonrisa se dibujó en los labios del halfling, no agradezcas, me vienes como anillo al dedo. Le he arrebatado a un sinvergüenza un mapa, quiso robarme y yo le di batalla, lo despojé de sus cosas y lo entregué a los trolles del bosque, pidió clemencia y se la di, pero juro por su nombre, Dálastar creo que era, que no volvería a pisar las tierras de las que soy dueño. Mis ojos se llenaron de lágrimas, aquel ser indeseable fue abatido por un extraño que me encontró entre las aguas, esto era más que un golpe de suerte, o que una coincidencia, era el oráculo. Salté entre los brazos del hobbit, y lo abracé con ternura. Nunca me había sentido así, me disculpé, le conté la historia de quién era Dálastar, sobre el mapa, y su traición, no podía dejar de llorar, Phaulx se acercó a mí, me ofreció una manta y me acomodó en su nido, sólo dejé que el cansancio se apoderara de mí, me dormí. A la mañana siguiente, y con la comida servida quise recuperar mi mapa y emprender mi viaje inicial, pero Phaulx tenía otra cosa en mente, sumarse conmigo a una nueva aventura, la búsqueda del tesoro con el mapa que ahora era NUESTRO. Continuará

viernes, 28 de agosto de 2015

Esas cuerdas de dolor

En dirección al metro y con el pelo al viento primaveral que se levanto de pronto, me dirigí pavoneándome con mis botas tres cuarto y mis pitillos que acentúan mis caderas. Intenté no observar a la gente, quería ensimismarme en mis pensamientos turbulentos, algo así como el correr de la conciencia, por el que me caracterizo. Miré las ofertas de sushi, sushi y más sushi. Las tripas se antojaron de inmediato, pero no sucumbí ante el encanto de esas 5 letras, adoptadas como propias por los chilenos y anda tu a saber si por el mundo occidental. Bajé por las escaleras, lentamente, tratando de no tropezar pues me sentía algo cansada y somnolienta. Cargué cien pesos, sí, sólo cien pesos me faltaban para completar el valor del pasaje. Y sin titubear puse la tarjeta en el sensor, atravesé el torniquete solo empujándolo con las piernas y caminé en dirección a Limache con la esperanza de conseguir un asiento (sí necesitaba sentarme) y así fue. Me senté en contra del sol y contuve las piernas cerca de mí, sin poder estirarlas para que la sangre circulara libre por ellas. Una señora regordeta se sentó en frente de mí y dormitaba a ratos, no la observé demasiado, pero pude notar que era hipermétrope. Un dolor de cabeza, alertando el hambre que sentía se apoderó de mis sesos y refunfuñé en mi asiento, tal y como si esperara a que se me pasase. Cuando de pronto vi una guitarra pasar, mis demonios internos se enfurecieron, ya viene este huevón a hacer ruido cuando mi cabeza estalla. Un rasgueo bastó para darme cuenta de que la guitarra tenía más años que mi abuela, que las cuerdas eran más viejas que el hilo negro, que las clavijas debían afinarse con alicate y que el sonido era abrumador. La voz del cantante ennegreció mis expectativas aún más, y lo odié por un momento. Comencé a observar al joven. Su cara entristecida, seca, sucia, con una barba de un día para otro me hizo pensar que este hombre no lo estaba pasando muy bien. Su ropa un tanto roñosa, llena de polvo lo confirmó. A excepción de sus zapatillas, que muy de marca serían. Sentía una cueca desabrida (bueno con la guitarra a punto de desarmarse qué más se podía pedir), pensé en que estamos en tiempos de cueca y que me gustaría bailar bien un pie de cueca con mi novio. Empecé a analizar las características del hombre, y me entristecí. Porque uní cabos y me di cuenta que la mujer que estaba muy próxima y que coincidió con su llegada era su mujer, y no me equivoqué, y que con ella debe tener unos cuantos chiquillos pasando hambre y frío. Y quién sabe porque no tiene un trabajo estable, quién sabe porqué no. Y bueno, mientras pensaba en sus desgraciadas vidas, intenté buscar una razón a la injusticia que atenta contra las personas, pero no obtuve explicación alguna. Me derrotó con una canción “es mi niña bonita, con su carita de rosa, y bla bla bla”. La que comencé a cantar bajito, para que nadie me escuchara. Ni la señora que iba al frente se dio cuenta de que iba cantando. De pronto con un gesto sigiloso, abrí mi morral y saqué mi billetera. Cogí un par de monedas, monedas que no solucionarán el problema, pero quizás lo ayuden. Y de pronto una señora ubicada unos cuantos asientos distantes del mío, me vio e hizo el mismo gesto. Y luego otro, otro y otro. Fue una cadena de ayuda que desaté sin querer y que gratificó las entrañas de quien abatida por un día agotador se sentó en el vagón correcto del metro tren.

miércoles, 29 de abril de 2015

Lo que callan los hombres

Guillermo Cardona no recuerda cuando fue que empezó la peor pesadilla de su vida. A sus 35 años de edad ha vivido más tormento que buenaventuras, y más pesadillas que sueños cumplidos. Estaba casado con Cecilia Inostroza. Una mujer entrada en carnes, bellos rizos cobrizos en su glabela, mejillas regordetas color carmesí, labios finos, unos brazos fuertes característicos de mujer de campo trabajadora, piernas estriadas y pies planos. De inteligencia selectiva, pues gustaba de las teleseries vespertinas y el comentillo luego del telediario. Guillermo trabajaba de lunes a sábados, de 8 a 8. Su trabajo quedaba a hora y media de su morada, así que salía de casa aun con la luna sobre los montes. Su vida era normal, tenía dos hijos pequeños. Con el pasar de los años y a punto de cumplirse el aniversario número 11, comenzó la tortura. En una discusión, una de muchas, Cecilia agitó su brazo fofo y abofeteó a Cardona en plena quijada. Una mancha rojiza tiñó el rostro de quien la ama con locura y fervor. Él quedó perplejo, se sentó en una silla a llorar, estupefacto y adolorido no comprendía que fue lo que produjo este quiebre enfermizo, que pronto se volvería turbio y desesperanzador. Cecilia encerró a los niños en la pieza y se metió en el baño. Se despojó de sus ropas y se duchó, nada parecía anormal, todo seguía como antes. Se puso pijama y se metió en la cama, esperando ansiosa que Guille llegara a su lado. De pronto un cuerpo escuálido y pálido se acercó a ella, era él, el hombre con el que se casó hace ya once años, lo miró con asco, sentía que lo odiaba. No te atrevas a acostarte a mi lado replicó de inmediato, el hombre la observó por un momento y sin abrir los labios, se volteó, una lágrima cristalina se deslizó por su mejilla y se recostó en el sofá. Miraba al techo y se preguntaba qué es lo que había hecho mal, qué es lo que la pudo ofender de tal manera que respondiera con la agresividad que aún desconocía. Sin poder pegar ojo, se levantó del sofá, se medio bañó con agua fría, pues el gas se había acabado, observó su mejilla y vio que su cara estaba inflamada, morada, horrible. Sus compañeros de trabajo se reirán de mí, pensó con pesadumbre. Inventó una mentira rápidamente y se fue al trabajo. Llegando al trabajo, sus compañeros le dijeron, jajaja te pegó tu señora, claro dijo él, tratando de disimular la verdad, me agarré con el pelao’ Sanhueza ayer en el antro. No recordaba cuándo fue la última vez que pisó el antro ese, pues él era un hombre de bien, sano, limpio y jamás necesitó de una furcia para calmar sus impulsos varoniles. Se colocó el casco y se subió al andamio, con un poco de suerte me caería del andamio y se acabaría esta tortura, pensó, pero luego decidió que lucharía por ella, ya que la ama con locura. Con las manos llenas de callos y tajos, pues se rehusaba a ocupar guantes de trabajo, eso era para los débiles, se sacó el overol y tomó la micro de vuelta a casa. Se sentó en el último asiento y se entregó a los brazos del cansancio y durmió. Despertó cuatro paraderos antes de su casa. Su corazón se aceleró, pues no sabía lo que le esperaba en casa. Se bajó de la liebre y comenzó a caminar cada vez más lento, con la incertidumbre sobre sus hombros, el dolor en su mejilla, lágrimas asomándose por el borde de sus parpados, y respiración profunda y acelerada. Trató de abrir la puerta, y la llave no giraba en la chapa. Golpeó la puerta, y sintió el andar pesado de elefanta viniendo hacia ella. Unos ojos siniestros se asomaron por la ventana, una mirada de repudio le fue obsequiada. Vete de aquí le gritó por la ventana, vete antes de que sea demasiado tarde. Ábreme por favor, suplicó Guillermo, yo te amo y te necesito. ¿No entiendes lo que te digo?, replicó Cecilia, con un tono cada vez más agresivo. Por favor Ceci, mi vida, hablemos, te perdono, no tengo rencor para ti, sólo amor. Cecilia abrió la puerta y en un abrir y cerrar de ojos Guillermo estaba tirado en el suelo con un golpe contuso en la cabeza. Llegó la policía, sonaba la sirena, el vecindario entero estaba afuera mirando morbosamente. Cecilia no quiso abrirle a la fuerza pública. La puerta sufrió los daños de una patada seca. Los carabineros entraron y rodearon a la mujer, que estaba echada llorando sobre el cuerpo de Cardona. Aquí mi cabo, gritó uno de los peleles novatos de la fuerza policial, rompió un pestillo y entró. El olor era horrible, pútrido, lleno de moscas. Allí estaban los dos niños, arrinconados, pero aun con vida, hechos caca y pis sobre los pañales que rebalsaban por los lados y chorreaban la habitación. Un aspecto sucio y descuidado, uñas largas, dientes cariados, pelo sucio y pies descalzos. Denotaban una madre un poco más loca que sana, y un tanto despreocupada y violenta. La madre acabó esposada y Guillermo ahí sigue, quietito bajo la lápida que lleva su nombre. >>Huya, antes de que sea demasiado tarde. Nunca deje que su pareja le levante la mano, pues la primera duele, pero la última no se siente.>>