Música

sábado, 21 de febrero de 2009

Eclipse de Luna llena... mi salvación.


Eran las tres y media de la mañana, y yo estaba saliendo del turno de noche del Hospital del pueblo. Las calles estaban oscuras, no había ningún ánima, según mi mente objetiva. Con lo que a mi respecta los espíritus son fundamentos básicos que la gente le da a reacciones naturales, como son al cambio de temperatura. Hasta hace un par de años atrás, estaba convencida de que los eventos paranormales, espectros, que todos conocen a la perfección, no existían en el mundo en el que vivía. Mi objetividad me cegaba, hasta el punto de que el dolor humano lo asociaba a la anatomía, y el sentimiento lo dejaba netamente de lado, un tanto sádica mi forma de pensar, pero era la única que conocía. En el pueblo se rumoreaba la existencia de un sicópata, habían desaparecido siete adolescentes de distintos colegios y clases sociales. En el pueblo había toque de queda, muy parecido a lo que ocurría en un golpe de Estado. La gente no tenía una vida tranquila, vivía atemorizada, con la preocupación de “en que manos dejaban sus cabezas noche tras noche bajo la almohada asfixiante”. La luna llena iluminaba mi andar, a paso lento y firme, solía llevar un abrigo largo y negro, que abrigaba mi cuerpo gélido, pero esta vez lo había dejado en mi despacho. La bruma comenzó a invadir mi campo visual. Y el frío se empezó a colar por cada poro de mi piel. Al pasar por la avenida principal, sentí un grito ensordecedor, acompañado del ulular del viento corrí en dirección a la desesperada llamada de auxilio. Pude divisar un cuerpo enorme, vestido de colores oscuros, con un gran sombrero negro, y un cuerpo desvalido en medio de la calle. Me escabullí entre la niebla, y seguí el rastro de lo que parecía ser el sicópata del pueblo. Por un callejón oscuro, que no sabia que existía, sigilosamente lo seguí. Dobló a la derecha, y se perdió entre unas cajas de cartón. Un paro cardiorrespiratorio fue lo que me debió pasar, al ver como ese enorme ser se perdía entre unas cajas. Para mi sorpresa fue que debajo de las cajas, había una trampilla. La abrí con todas mis fuerzas, pesaba un ciento. Una escalera mohosa, y un olor que conocía bien, el olor a cadáver descompuesto se colaba a través de la trampilla e inundaba mis fosas nasales. Descendí con temor, una sensación que no experimentaba desde mi primera cirugía. El suelo estaba endeble. Resbalé, pero logré sostenerme de la baranda de la escalera. Llegué, y seguí un camino húmedo, pero con una luminosidad espléndida. Pude notar el color rojo de las baldosas, con textura de coágulos por donde pisaba. La luminosidad acababa al final del pasillo, en donde había una puerta estilo medieval, con puntas metalizadas. Un sonido de muerte llegó a mí. Era un sonido escuálido, se sentía como un desgarro de piel. Asomé cuidadosamente mi cara, a través de los barrotes de la puerta, y pude observar como un ser devoraba a la victima que pidió auxilio hace diez minutos atrás. Pude notar, como el lugar estaba lleno de frascos, en los que se encontraban extremidades, ojos, lenguas, mandíbulas, muy bien resguardadas. Pude notar que la bestia era torpe, y no se percataba de mi presencia. ¿Esta sería el sicópata del pueblo? ¿La causa de las desapariciones? Con esta brutal masacre, mi subconsciente reaccionó. Di un grito de pavor, para mi mala fortuna la bestia se percato de mi presencia, me miró con unos ojos grises que se fueron transformando en rojos a medida que iba acercándose a mi. Inmediatamente, y sin mandar ninguna orden a mi cerebro, mis piernas comenzaron a correr, resbalaba a menudo con el musgo y los restos de sangre que habían en el suelo. El rugido del animal a mis espaldas aumentaba a medida de que yo me acercaba a la escalera. Corrí con todas mis fuerzas, casi quedando sin aliento llegué a la escalera. Subí con el poco oxígeno que me quedaba, salí y tropecé con las cajas de cartón. A saltos y brincos me incorporé, seguí corriendo, y el rugido lo sentía firme detrás de mí. Llegue a la calle principal, y pude observar como una gran nube tapaba el cielo, la bestia se detuvo ante mí. Y sorprendentemente comenzó a revolcarse en el suelo. Gritaba, sentía dolor al parecer. De pronto, pude observar como ese cuerpo bestial, se transformaba en un ser, un ser igual que yo, un humano. Tratando de levantarse, y entumecido por la fría lluvia, soltó una carcajada demoniaca, y yo despavoridamente corrí calle abajo y me perdí entre la niebla.



"Entre las pesadillas que abundaban en mi niñez, aparecían los hombres lobos"

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