Música

sábado, 15 de marzo de 2014

Las aventuras de Dimitria Callygster, capítulo 1

Entre ramas y hojas que bailan al compás del viento, desperté. Miré mis pies, estaba descalza. De un salto me puse de pie, nunca pensé que podía ser tan ágil. Sacudí mi ropa y la observé por un momento largo. Tenía una blusa de seda semi rasgada, una chaqueta de cuero de a saber que alimaña y unos pantalones ajados color café que me llegaban a la pantorrilla, parecía pordiosera. Entre las hojas brillaba algo plateado, me acerqué a ver que era y descubrí una daga que en el mango tenía tallado mi nombre; Dimitria. La colgué en mi cinturón, y empecé a caminar. Estaba en el bosque de los Terribles, eso era claro. Caminé con la seguridad de que podía enfrentarme a lo que viniese. Me escabullí entre los árboles, intenté trepar un árbol pero me fue imposible, estaba débil y tenía hambre. El crujido de las hojas bajo mis pies me delataría en menos de una milésima de segundo ante cualquier enemigo. Me detuve, y cerré los ojos. Me puse a escuchar lo que sucedía en el bosque, mis grandes orejas me daban la habilidad de escuchar a kilómetros lo que estaba ocurriendo. Oía risas y voces gruesas. Sentía el chispeo de una fogata y el sonido que se produce al desgarrar carne con los caninos. Abrí mis ojos, tan dorados como los tesoros que más añoro, y pude transportarme visualmente al lugar que me llamó la atención. Pude observar a un grupo de seres horribles, grandes y de aspecto muy sucio que engullían carne de jabalí a destajos. Mi apetito se amplió y quise inmediatamente ir a por un poco de esa suculenta carne sanguinolenta mal cocida. Saqué fuerza del deseo y trepé un árbol. Comencé a saltar de uno a otro, siguiendo la dirección que me había propuesto. El aroma invadía mi nariz, y mi boca empezaba a salivar. De la copa de un gran árbol, observé mi presa. Las bestias seguían comiendo y aun quedaba un montón de botín del que yo podría sacar provecho. La idea era robarles algo de comida, y seguir con mi camino. Claro que no debía ser descubierta, sino me vería en la obligación de enfrentarme a ellos con mi simple daga, (no ni hablar, sólo podía escapar, sino la vida se me iría en ello). Esperé que estuvieran concentrados en sus conversaciones sin sentido y de bajo interés para mí, y me deslicé por el tronco con extremo sigilo. Me acerqué lentamente, cuando de pronto uno de ellos sintió mi aroma y se volteó, yo me agaché y el monstruo no me vio. Me acerqué al fuego, que estaba a un costado, cogí un gran trozo de jabalí y me devolví al gran árbol. Comencé a desgarrar la carne y casi sin masticarla la tragué, estaba deliciosa. La sangre corría por la comisura de mis labios y eso la hacía más sabrosa, sin duda. Empecé a prestar atención a lo que estaban hablando, el idioma lo conocía muy bien, hablaban de un tesoro resguardado por una bestia inimaginable. La palabra tesoro abrió mis ojos y en mi cabeza sólo daba vueltas el “debe ser mío”. El problema es que no sabía la ubicación del tesoro y tampoco tenía conciencia de si iba a ser capaz de enfrentarme a la terrible creatura que lo resguarda. Desmereciéndome un poco, soy de tamaño pequeño, peso ligero y además no produzco espanto alguno. Mis posibilidades se reducían a cero, pero algo tenía que hacer en honor a mi padre. Los monstruos que me alimentaron poseían el mapa que me llevaría a las tierras donde el tesoro ilumina la caverna de la perdición. Ahora que el hambre había desaparecido, podía deslizarme mucho más ágil que antes, y claramente sabes lo que viene ahora, voy a robar el mapa. El gran trozo de tela estaba puesto delante de ellos, me era imposible bajar y apoderarme de él sin que se dieran cuenta. Saqué un fruto del árbol en el que me encontraba, y lo lancé lejos. Uno de los monstruos escuchó y se paró violento, emitió un gruñido y fue en busca de lo que produjo el ruido. Los demás lo quedaron mirando, lancé otro fruto en otra dirección y los demás se pararon y corrieron hacia allí. Cuando vi que no quedaban animalejos cerca, bajé del árbol y tomé el mapa. Lo observé, y mis ojos brillaban sedientos de riqueza. De pronto un rugido a mis espaldas me sacó del ensimismamiento, rayos me habían cazado. Continuará...

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