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Mis demonios

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Y ahí estaba parada en frente de mis demonios. Sombras entrelazadas que formaban una silueta de encanto que me fascina. Mis demonios a un metro de mí me observaban macabro. Sonreían con desagrado, con asco, acompañaban esa sonrisa con una mirada de superioridad que me hizo sentir como una rata callejera. Trataba de sostener la mirada, supliqué. Mis demonios disfrutaban cada movimiento nervioso de mi cuerpo. Tratando de sobrellevar esa sensación amarga de insecto aplastado, me paré derecha, y los miré de frente, sin quitarles mis ojos café grano de encima, ni un solo parpadeo, ni una gota de aire exhalé. Me di cuenta de que esas sombras se irían si yo las dejaba ir, una imagen se proyectó en mi mente, la imagen de un árbol negro en un dibujo que hice hace unos años, en medio del dibujo una flor roja, pequeña y delicada, y a un costado un árbol negro, seco, sin hojas que le hacía sombra. Sólo debía pasar la goma de borrar y se iría, recuerdo aquella flor que al sacarle el árbol de enc...

Las Aventuras de Dimitria Callygster, capítulo 2

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La respiración se me cortó cuando sentí que una de las bestia había vuelto y descubre mi intento de robar el mapa. Me atrapó entre sus brazos peludos y yo intenté zafarme de ellos usando toda la fuerza y las técnicas que me habían enseñado en la aldea. Mis hermanos me habían dado clases de combate, era hora de poner esos movimientos en acción. Me deslicé de entre sus brazos y rodé unos cuantos metros delante de la bestia, saqué mi daga y me puse en guardia. Grita tu nombre, pequeña hobbit, gruñó la bestia, Dimitria, Dimitria Callygster, contesté. Y que mi nombre quede guardado en tu memoria rufián, yo hoy te despojo de tan preciado mapa y hoy será el último día que veas la luz del sol. Salté metros en el aire, tratando de sostenerme de una rama. Pude alcanzar una y vi como el terrible llamaba a los demás, a tal descuido que salté sobre su cuello y lo cercené. La sangre empezó a brotar en todas direcciones, mi rostro quedó empapado. Me devolví al árbol, y cuando los otros apareciero...

Las aventuras de Dimitria Callygster, capítulo 1

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Entre ramas y hojas que bailan al compás del viento, desperté. Miré mis pies, estaba descalza. De un salto me puse de pie, nunca pensé que podía ser tan ágil. Sacudí mi ropa y la observé por un momento largo. Tenía una blusa de seda semi rasgada, una chaqueta de cuero de a saber que alimaña y unos pantalones ajados color café que me llegaban a la pantorrilla, parecía pordiosera. Entre las hojas brillaba algo plateado, me acerqué a ver que era y descubrí una daga que en el mango tenía tallado mi nombre; Dimitria. La colgué en mi cinturón, y empecé a caminar. Estaba en el bosque de los Terribles, eso era claro. Caminé con la seguridad de que podía enfrentarme a lo que viniese. Me escabullí entre los árboles, intenté trepar un árbol pero me fue imposible, estaba débil y tenía hambre. El crujido de las hojas bajo mis pies me delataría en menos de una milésima de segundo ante cualquier enemigo. Me detuve, y cerré los ojos. Me puse a escuchar lo que sucedía en el bosque, mis grandes o...

Impulso

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Me arden los pies, y noto esa sensación punzante en la punta de mis dedos. Son los zapatos que me aprietan luego de tantas horas de camino recorrido. Me descolgué de ellos, ahí estaban tan blancos como siempre, pero llenos de ampollas y sangre, he ahí el dolor. Dejé mis zapatos tirados y seguí caminando. La calle me caldeaba los pies, el sol pegaba fuerte en el asfalto. La gente no me importaba, la esquivaba, era verano.La gente ama el verano, la arena, la playa, el campo, el sol, el cáncer de piel. Intenté pensar, me gustaba elevarme en un ensimismamiento indecoroso, lo hice. Mil pensamientos daban vueltas como torbellinos en mi cerebro o en lo abstracto del pensar. Volví en sí y me senté sobre una roca que estaba en la orilla de la playa, las olas chocaban frescas y las gotas de su explosión acariciaban mi cara. El sol pegaba fuerte en mi nariz, sabía que después se descascaría, pero eso no importó. El mar, eterno, interminable, me gustaría explorarlo más allá de lo que mis ojo...

Era pega

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Un vestido ajustado, zapatos altos, una liga en la pierna izquierda. Lista para el trabajo. En mi mente, manos gruesas y rasposas por mi piel, alientos ácidos e insultos a borbotones. Camino tambaleando mis caderas sensualmente, era la pega, qué más podía hacer. Allí estaban los perros, babeando por el espectáculo, para recibir dos centavos y un poco de whiskey caro, debía mostrar más que lo que cualquiera conocía. Apretones deshonestos, asquerosos, así era la pega. Muévete Zorra! Que bonito, ya me acostumbré. Giré en el escenario, alrededor del tubo, arriba y abajo, empezaba a sudar. Vestido afuera, el público ardía, más que algún guarro intentando subir, prefería que subieran para que se fueran temprano a sus casas. La ropa interior voló lejos, las luces hacían confuso el asunto, la droga empezaba a hacer efecto. Acabó la canción, y me fui con ellos. Uno a uno, iban pasando. No sentía cansancio, ya ni asco, ni miedo. Eran ellos, los mismos de siempre. Un par de bofetadas, las d...

Éxtasis En.

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Río a carcajadas, sin poder detenerme, siento como el alcohol estalla hasta por mis oídos, era sublime. Cada sorbo era más insípido que el anterior, se desvanecía el sabor poderoso del licor, anestesiaba mis papilas gustativas al punto de que solamente podía distinguir un líquido que bajaba por mi garganta. Miraba a los demás, mis ojos seguramente empequeñecidos, con la sonrisa de oreja a oreja y hablando en otro idioma, era un grato momento. De pronto uno de los chicos que estaba en la mesa, que no recuerdo como se llamaba sacó un pastillero, cada uno de los que estábamos ahí cogió una y la pusimos debajo de la lengua. De pronto todo se volvió de colores, muy ruidoso, mucha euforia, oía a lo lejos una voz que me llamaba desesperada, sentía extrema curiosidad, tenía que acudir a ella, una voz varonil, muy sensual, pero no podía descubrir de donde provenía. Creo que estaba de pie, caminé y el suelo se volvió de gelatina, era gracioso, intentaba afirmarme de algo pero nada encontr...

Avant, s'il vous plaît

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El cielo, celeste como en el más hermoso día de verano, ciertas nubes que lo adornan con sutileza. Sonrío y el sol brilla sobre la punta de mi nariz, estornudo, esa alergia curiosa que me produce su luminosidad. Ese andar torpe que caracteriza a las palomas, esas plumas tornasol que las diferencia de las ratas. El aire marino despeinaba los dreadlocks naturales que se me forman cuando no me cepillo por la mañana. La gente caminaba por mi lado, esperaban el metro, como yo. Sentía como cada célula de mi piel se achicharraba, mañana tal vez lo lamentaría. Volaban tan libres, quise extender mis brazos con la estúpida esperanza de emprender un vuelo eterno, solitario, ensimismada en mis pensamientos más alegres que amargos, no quise cerciorarme si la gente me observaba con cara de extrañeza, perdería mi libertad si lo hacía, 30 segundos y el tren estaría frente a mí para llevarme a casa. “Pip” sostenido, se abrió la puerta, un acordeón me transportó a un París de ensueño, de pelícu...