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De esas idas a la Capital

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Subí el cierre de mi falda, que tapaba tres cuarto de mis muslos. Y me subí a esos tacones impresionantes que me trajeron de Paris. Un pie delante del otro, un tenue meneo de caderas, y el negocio estaría más que cerrado. Un peinado sutil de medio jopo, y un par de rizos que caían sobre mis hombros, me daban el toque perfecto de una empresaria poderosa y rica. Maquillé mis labios de un rojo intenso, y encrespé mis pestañas, al hacer parpadear mis ojos un par de veces, coquetearía muy bien con mis socios. Cogí el coche del garaje de mi padre, esta vez él no iría a concretar el negocio, pues se encontraba enfermo. Así que era yo la más indicada, pues era la única que sabía en qué consistían dichas negociaciones, mi madre y mis hermanos eran inocentes en todo sentido. Mientras ellos dormían como angelitos, mi padre y yo planeábamos toda la noche acerca del reparto vía terrestre de nuestros productos. El Mercedes volaba, mis tacones no eran impedimento para pisar el acelerador a fon...

Llueve

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Y la lluvia cae sobre mi pelo desteñido por el tiempo, veo mi cuerpo, un vestido rojo lo viste y acentúa mis clavículas muy finas bajo mi cuello. Llevo tacones, y una cartera de cuero cuelga de mi muñeca izquierda. El reloj marca las 12 en punto. Comienzo a caminar, disfrutando cada gota que se desliza por mi piel, recorre mis labios delineándolos con delicadeza, siento un leve cosquilleo sobre ellos, deslizo mi lengua y saboreo la lluvia. Todo parecía normal, caminé con elegancia taconeando uno delante de otro a medida que avanzaba por las húmedas calles de Valparaíso, evitando pisar los charcos y tratando de no resbalarme, si me caía de bruces sería catastrófico. Me detuve a observar mi entorno, la gente con sus paraguas de colores caminaban a prisa tratando de tomar algún autobús o taxi que los llevara a casa. Seguí caminando, y me topé con unos ojos conocidos, un tanto claros, los recuerdo como si los hubiese visto de verdad. Me acerqué, y pude notar cómo se arqueaban esos lab...

Mis demonios

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Y ahí estaba parada en frente de mis demonios. Sombras entrelazadas que formaban una silueta de encanto que me fascina. Mis demonios a un metro de mí me observaban macabro. Sonreían con desagrado, con asco, acompañaban esa sonrisa con una mirada de superioridad que me hizo sentir como una rata callejera. Trataba de sostener la mirada, supliqué. Mis demonios disfrutaban cada movimiento nervioso de mi cuerpo. Tratando de sobrellevar esa sensación amarga de insecto aplastado, me paré derecha, y los miré de frente, sin quitarles mis ojos café grano de encima, ni un solo parpadeo, ni una gota de aire exhalé. Me di cuenta de que esas sombras se irían si yo las dejaba ir, una imagen se proyectó en mi mente, la imagen de un árbol negro en un dibujo que hice hace unos años, en medio del dibujo una flor roja, pequeña y delicada, y a un costado un árbol negro, seco, sin hojas que le hacía sombra. Sólo debía pasar la goma de borrar y se iría, recuerdo aquella flor que al sacarle el árbol de enc...

Las Aventuras de Dimitria Callygster, capítulo 2

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La respiración se me cortó cuando sentí que una de las bestia había vuelto y descubre mi intento de robar el mapa. Me atrapó entre sus brazos peludos y yo intenté zafarme de ellos usando toda la fuerza y las técnicas que me habían enseñado en la aldea. Mis hermanos me habían dado clases de combate, era hora de poner esos movimientos en acción. Me deslicé de entre sus brazos y rodé unos cuantos metros delante de la bestia, saqué mi daga y me puse en guardia. Grita tu nombre, pequeña hobbit, gruñó la bestia, Dimitria, Dimitria Callygster, contesté. Y que mi nombre quede guardado en tu memoria rufián, yo hoy te despojo de tan preciado mapa y hoy será el último día que veas la luz del sol. Salté metros en el aire, tratando de sostenerme de una rama. Pude alcanzar una y vi como el terrible llamaba a los demás, a tal descuido que salté sobre su cuello y lo cercené. La sangre empezó a brotar en todas direcciones, mi rostro quedó empapado. Me devolví al árbol, y cuando los otros apareciero...

Las aventuras de Dimitria Callygster, capítulo 1

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Entre ramas y hojas que bailan al compás del viento, desperté. Miré mis pies, estaba descalza. De un salto me puse de pie, nunca pensé que podía ser tan ágil. Sacudí mi ropa y la observé por un momento largo. Tenía una blusa de seda semi rasgada, una chaqueta de cuero de a saber que alimaña y unos pantalones ajados color café que me llegaban a la pantorrilla, parecía pordiosera. Entre las hojas brillaba algo plateado, me acerqué a ver que era y descubrí una daga que en el mango tenía tallado mi nombre; Dimitria. La colgué en mi cinturón, y empecé a caminar. Estaba en el bosque de los Terribles, eso era claro. Caminé con la seguridad de que podía enfrentarme a lo que viniese. Me escabullí entre los árboles, intenté trepar un árbol pero me fue imposible, estaba débil y tenía hambre. El crujido de las hojas bajo mis pies me delataría en menos de una milésima de segundo ante cualquier enemigo. Me detuve, y cerré los ojos. Me puse a escuchar lo que sucedía en el bosque, mis grandes o...

Impulso

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Me arden los pies, y noto esa sensación punzante en la punta de mis dedos. Son los zapatos que me aprietan luego de tantas horas de camino recorrido. Me descolgué de ellos, ahí estaban tan blancos como siempre, pero llenos de ampollas y sangre, he ahí el dolor. Dejé mis zapatos tirados y seguí caminando. La calle me caldeaba los pies, el sol pegaba fuerte en el asfalto. La gente no me importaba, la esquivaba, era verano.La gente ama el verano, la arena, la playa, el campo, el sol, el cáncer de piel. Intenté pensar, me gustaba elevarme en un ensimismamiento indecoroso, lo hice. Mil pensamientos daban vueltas como torbellinos en mi cerebro o en lo abstracto del pensar. Volví en sí y me senté sobre una roca que estaba en la orilla de la playa, las olas chocaban frescas y las gotas de su explosión acariciaban mi cara. El sol pegaba fuerte en mi nariz, sabía que después se descascaría, pero eso no importó. El mar, eterno, interminable, me gustaría explorarlo más allá de lo que mis ojo...

Era pega

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Un vestido ajustado, zapatos altos, una liga en la pierna izquierda. Lista para el trabajo. En mi mente, manos gruesas y rasposas por mi piel, alientos ácidos e insultos a borbotones. Camino tambaleando mis caderas sensualmente, era la pega, qué más podía hacer. Allí estaban los perros, babeando por el espectáculo, para recibir dos centavos y un poco de whiskey caro, debía mostrar más que lo que cualquiera conocía. Apretones deshonestos, asquerosos, así era la pega. Muévete Zorra! Que bonito, ya me acostumbré. Giré en el escenario, alrededor del tubo, arriba y abajo, empezaba a sudar. Vestido afuera, el público ardía, más que algún guarro intentando subir, prefería que subieran para que se fueran temprano a sus casas. La ropa interior voló lejos, las luces hacían confuso el asunto, la droga empezaba a hacer efecto. Acabó la canción, y me fui con ellos. Uno a uno, iban pasando. No sentía cansancio, ya ni asco, ni miedo. Eran ellos, los mismos de siempre. Un par de bofetadas, las d...