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Lo que callan los hombres

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Guillermo Cardona no recuerda cuando fue que empezó la peor pesadilla de su vida. A sus 35 años de edad ha vivido más tormento que buenaventuras, y más pesadillas que sueños cumplidos. Estaba casado con Cecilia Inostroza. Una mujer entrada en carnes, bellos rizos cobrizos en su glabela, mejillas regordetas color carmesí, labios finos, unos brazos fuertes característicos de mujer de campo trabajadora, piernas estriadas y pies planos. De inteligencia selectiva, pues gustaba de las teleseries vespertinas y el comentillo luego del telediario. Guillermo trabajaba de lunes a sábados, de 8 a 8. Su trabajo quedaba a hora y media de su morada, así que salía de casa aun con la luna sobre los montes. Su vida era normal, tenía dos hijos pequeños. Con el pasar de los años y a punto de cumplirse el aniversario número 11, comenzó la tortura. En una discusión, una de muchas, Cecilia agitó su brazo fofo y abofeteó a Cardona en plena quijada. Una mancha rojiza tiñó el rostro de quien la ama con l...

Eloísa Good Bye

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Está a punto de ser partícipe de un relato un tanto deprimente, morboso y de muy mal gusto, a su juicio dejo la opción leer. Aun no sé muy bien cuándo fue la primera vez que vomité voluntariamente, metiendo mis dedos profundamente en la garganta y haciendo arcadas con llanto y oscuridad. Al principio fue el escape más fácil para alivianar mi cuerpo de cualquier alimento que estuviese demás, pero luego se apoderó de mis huesos y se volvió costumbre, nunca nada fue igual y jamás algo tuvo el mismo sabor. Conocía muy bien los sabores repulsivos de los alimentos luego de estar unos cuantos minutos dentro de mi estómago, a una temperatura próxima a los 38 grados Celsius. Nada era como entraba, claro estaba, la acidez estomacal producía mucho más que sólo triturar. Cada mañana, me posaba sobre la báscula, observando meticulosamente si la aguja que apunta mi peso actual, se ha movido. Feliz sería si la flecha marcara bajo el número maldito, que no he podido reducir. Si por cualquier...

BBL ( Beso bajo la lluvia)

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Las nubes negras, que cubrían el cielo de esa mañana marcaban el adiós más triste que Bea pudo vivir. Se colocó su abrigo negro, peinó sus cabellos y se dirigió a la entrada de la casona. Allí estaba Henry, su marido. Vestido con su traje verde militar, y sus bototos pesados muy bien amarrados. Junto a él una enorme mochila del mismo color, llena de insumos médicos y provisiones. Henry era doctor, y estaba a punto de embarcarse en un navío que lo llevará al campo de batalla, donde deberá salvar a los caídos en guerra. Bea, no lo entendía. Ella lo quería en casa, sano y salvo, pero el deber lo llama. Corrió escaleras abajo, sin siquiera dar tropiezo en el nudo de alfombra que se hace entre el primer y segundo escalón, y se colgó de su cuello. Henry la abrazó fuerte contra su pecho, rodeando su cintura y besándola en la cabeza. Te amo, dijo ella, y Henry contestó, yo también. Bea rompió en llanto, él le acarició la cabeza, cogió sus cabellos y con sus hermosos ojos turquesa la miró y ...

Destiny

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La melodía de una cajita musical me despertó de un sueño profundo. Me senté de golpe en la cama, y traté de alcanzar la lámpara que tengo en la mesilla, pero no di con ella. Me puse de pie, y caminé hacia la ventana, un cielo estrellado y una luna redonda como un queso envolvían Villa Fontana. Abrí la ventana, y una brisa de aire templado se coló por ella, invadiendo mi cuarto y haciendo girar miles de pétalos incandescentes en su interior. Mis ojos brillaban, y seguían el baile de aquellos pétalos que brillaban en la oscuridad. Pronto mi cama estaba tapizada de brillantes, parecían diamantes. Me acerqué y cogí una, al tocarla se convirtió en mariposa, y se posó sobre mi cabeza. Sentía su aleteo. Y luego escapó por entre los barrotes de mi ventana. Me senté en el suelo, cruzándome de piernas y colocando la espalda recta contra mi armario. Respiré profundo y me elevé unos cuantos centímetros sobre el suelo, mis ojos los mantuve cerrados, pues si los abría me caería de bruces y a...

Sé libre, avecilla.

Vuela el pájaro, vuela con el viento. Bate tus alas con delicadeza. vuela Pájaro, llena de colores el cielo, y que tu plumaje tintinee con los rayos del sol. Vuela pájaro, vuela feliz. Y que tu vuelo no se detenga por encontrarte con tormentas. Vuela pájaro, contra la corriente, de aquellas brisas que quieren hacerte estrellar contra el suelo. Vuela pájaro, vuela solitario, pues estás mejor solo que con otras aves. Vuela pájaro, sé libre, mientras el cielo sea infinito y las nubes eternas. Vuela Pájaro, y desaparece de esta tierra ajena, de estos bosques que guardan en si un corazón sin fronteras. >> Ya sabes, que no soy yo la que quiso que volaras, ni que tampoco quería que migraras a otra era>>

Patricia... Ella... ella.

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De: narrador casi omnisciente creado por mi mente Para: Patricia ( yo) A Patricia no le quedaban más venas por pinchar, sus brazos ennegrecidos por el maltrato hospitalario pedían a gritos NO MÁS!!! Ella aguantaba la respiración, cada vez que le inyectaban o le trataban de colocar una vía. Cerraba los ojos, tratando de hacer desaparecer las pesadillas que se habían apoderado de sus días. Calculaba muy bien las horas en las que le tocaba la medicación, por lo que por las tardes se encaminaba a sacar a pasear al flaco, su fiel compañero de sala, de sueños, de noche, de día, el flaco. Despacio por el corredor de 10 metros de largo, empujaba el pedestal con ruedas y una bomba de difusión alimentaria. Paso a paso, trataba de lidiar con las pelusas que atrancaban el giro de las ruedillas, a veces el pedestal se ponía chulito y se empinaba, ella,con la poca fuerza que podía aplicar en ese momento, lo sujetaba para que no se cayera de bruces al suelo. Los paseos eran aburridos, parecía loca...

De esas idas a la Capital

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Subí el cierre de mi falda, que tapaba tres cuarto de mis muslos. Y me subí a esos tacones impresionantes que me trajeron de Paris. Un pie delante del otro, un tenue meneo de caderas, y el negocio estaría más que cerrado. Un peinado sutil de medio jopo, y un par de rizos que caían sobre mis hombros, me daban el toque perfecto de una empresaria poderosa y rica. Maquillé mis labios de un rojo intenso, y encrespé mis pestañas, al hacer parpadear mis ojos un par de veces, coquetearía muy bien con mis socios. Cogí el coche del garaje de mi padre, esta vez él no iría a concretar el negocio, pues se encontraba enfermo. Así que era yo la más indicada, pues era la única que sabía en qué consistían dichas negociaciones, mi madre y mis hermanos eran inocentes en todo sentido. Mientras ellos dormían como angelitos, mi padre y yo planeábamos toda la noche acerca del reparto vía terrestre de nuestros productos. El Mercedes volaba, mis tacones no eran impedimento para pisar el acelerador a fon...