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Fragilidad

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Cristales sanguinolentos entre mis dedos, presioné demasiado fuerte esta copa. Llena de lamentos, dolores y pesares, de desquicios y sombrías emociones. Corrí al baño, enjuagué mi mano y la vendé con algo parecido a la gasa, pero un poco menos estéril. Barrí los cristales, y me recosté. Mi cama hecha un nudo ciego de sábanas, ácaros, polvo y maleficios. Doblé mis rodillas, las estiré, estaba intranquila, se fue. Dolor en mi garganta, sed en mis labios, lágrimas letales, suspiros trepitosos, tiemblo. Y no me levanto, pues he perdido las fuerzas, este cuerpo no es el mismo, lo ha maltratado el tiempo. El cigarro es amargo, el coñac me gusta más. Cierro los ojos y vuelo alto, sobre las nubes, y luego caigo en picada sobre la cruda realidad, la vida, la muerte, que pequeño filamento los separa, fragilidad.

Te extraño

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Tiemblan mis piernas, letargo. Aqui estoy sacudiendo el alma para encender la esperanza que se esconde profunda en mi tórax. Verte pronto ¿Quién sabe? La agonía en tanto se hace voraz, en silencio lloro en la oscuridad. ¿Vendrás? Rechinan mis dientes con nerviosismo, afuera el viento ulula tétrico, como la pena escondida en un diario de vida muerto. Te extraño. Ese sentimiento capaz de intoxicar mi cabeza y darme lágrimas las más noches. Tácito hermoso dame el privilegio de soñar contigo esta noche, pues mi corazón sufre cuando no te tengo. Soy un alma en pena, un lamento, un poema roto, una canción sin letra, un libro sin tapa, un verso mal hecho, se me va el aliento, cierro mis ojos, no estás, los abro y tampoco te veo.                                        Y siendo las diez y media, no has...

Amargura del hogar

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Era tiempo de volver a casa, se había hecho de noche y la espalda dolía por el peso tremendo de la mochila que se clava perversa en mi. El retorno es largo, aburrido, y peligroso. Mientras retumbaba el motor en mis oídos y pegaba rebotes al final del bus, me imaginaba una taza de té humeante y un bocadillo de jamón calentado en el microondas. Crucé el umbral de mi casa, no había nadie en pie. Vi que la mesa estaba a medio poner y que no había nada para comer, ni cerca a lo que soñé en el bus. Sólo platos vacíos, sucios, vasos usados, una real mierda. Mi enojo es igual cada vez que me olvidan, cada vez que no me guardan algo para comer, cada vez que me menosprecian, mi enojo es el mismo que se desencadena por la desatención, por la despreocupación de quiénes se denominan familia. Una mierda. Subí a mi habitación, allí estaban ellos, quienes me dieron la vida para mi infortunio, sonrientes, por supuesto que no de verme, solo sonríen en su mundo nefasto. Entré a mi habitación, las ...

De esos tantos sueños

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Despojé mis ropas y caminé desnuda por el pasillo hasta el baño, llené la bañera y me sumergí en ella, con la ilusión de que mis músculos se relajaran. Enjaboné mi cuerpo, jugando con la espuma que se formaba con el champú, soplé una burbuja y comenzó a elevarse como si de pronto se hubiese formado una corriente de aire en medio de mi baño. Flotó, flotó hasta que reventó -plop-. Saqué el tapón, cogí una toalla y sequé mis carnes, suavemente casi con lujuria, pero no. Dicen que no es bueno salir a la terraza luego de tomar un baño caliente, pero lo hice. Encendí un cigarro en medio de la oscuridad, sólo se vio el chispeo del mechero cuando le daba vuelta a la ruedita que me proporciona fuego. Di una bocanada profunda, de pronto recordé que hace un año entero que no probaba un cigarrillo, pero ¿por qué lo había hecho ahora? ¿Acaso lo había olvidado?  Por supuesto que se me fue, pero ¿Qué hacía una cajetilla de cigarrillos en mi mesilla? Algo claramente no cuadraba, ¿sería un su...

Las aventuras de Dimitria Callygster Parte 3

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Al abrir los ojos, vi que Dálastar, hijo de Thorian y Demet se había marchado. El mapa ha sido robado, sólo estaba mi daga, mi dinero también fue hurtado. Maldito gobling, sucio y desleal. Juro por lo más preciado que tengo, mi nombre y mi honra que algún día cercenaré tu cuello con mi daga, sin piedad. Armé un bolso, con todo lo que tenía, una soga, un saco y mi daga. En la posada me obsequiaron una brizna de pan, en las profundidades del centro de la ciudad robaría algo entre la multitud. A las afueras del pueblo, encontré una casa abandonada, estaba blindada y muy bien protegida. Mis ojos, dorados como el sol eran capaces de mirar a través de las paredes, no importaba de qué estuvieran hechas, nada era lo suficientemente fuerte como para no dejarme ver. Era un antiguo taller de armas, una espada al lado de otra muy bien ordenadas, como si alguien las cuidara, ballestas, arcos, dagas, era el paraíso para un viajero como yo. Busqué una entrada, y hallé un hueco por donde cabía per...

Esas cuerdas de dolor

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En dirección al metro y con el pelo al viento primaveral que se levanto de pronto, me dirigí pavoneándome con mis botas tres cuarto y mis pitillos que acentúan mis caderas. Intenté no observar a la gente, quería ensimismarme en mis pensamientos turbulentos, algo así como el correr de la conciencia, por el que me caracterizo. Miré las ofertas de sushi, sushi y más sushi. Las tripas se antojaron de inmediato, pero no sucumbí ante el encanto de esas 5 letras, adoptadas como propias por los chilenos y anda tu a saber si por el mundo occidental. Bajé por las escaleras, lentamente, tratando de no tropezar pues me sentía algo cansada y somnolienta. Cargué cien pesos, sí, sólo cien pesos me faltaban para completar el valor del pasaje. Y sin titubear puse la tarjeta en el sensor, atravesé el torniquete solo empujándolo con las piernas y caminé en dirección a Limache con la esperanza de conseguir un asiento (sí necesitaba sentarme) y así fue. Me senté en contra del sol y contuve las piernas...

Lo que callan los hombres

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Guillermo Cardona no recuerda cuando fue que empezó la peor pesadilla de su vida. A sus 35 años de edad ha vivido más tormento que buenaventuras, y más pesadillas que sueños cumplidos. Estaba casado con Cecilia Inostroza. Una mujer entrada en carnes, bellos rizos cobrizos en su glabela, mejillas regordetas color carmesí, labios finos, unos brazos fuertes característicos de mujer de campo trabajadora, piernas estriadas y pies planos. De inteligencia selectiva, pues gustaba de las teleseries vespertinas y el comentillo luego del telediario. Guillermo trabajaba de lunes a sábados, de 8 a 8. Su trabajo quedaba a hora y media de su morada, así que salía de casa aun con la luna sobre los montes. Su vida era normal, tenía dos hijos pequeños. Con el pasar de los años y a punto de cumplirse el aniversario número 11, comenzó la tortura. En una discusión, una de muchas, Cecilia agitó su brazo fofo y abofeteó a Cardona en plena quijada. Una mancha rojiza tiñó el rostro de quien la ama con l...